Adaptación y mitigación del cambio climático

El Cambio Climático es un hecho inequívoco, tal y como evidencian las observaciones de los incrementos en las temperaturas medias del aire y los océanos, la fusión generalizada de hielo y nieve, y el incremento medio global del nivel del mar. Este es considerado una de las principales amenazas para el desarrollo y sus efectos comienzan a incidir sobre la economía global, la salud y el bienestar social.

Según el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC, siglas en inglés), existe evidencia científica de que en el siglo XX se ha producido un aumento de la temperatura media del planeta correspondiente a 0,76 °C y además este incremento de la temperatura es resultado del efecto neto medio de las actividades humanas desde 1750, asociadas a un modelo de crecimiento y desarrollo basado en la quema de combustibles fósiles y patrones de consumo y producción poco eficientes considerando un punto de vista energético. A ello se le unen los efectos causados por los continuados cambios en los usos del suelo, que han provocado un severo proceso de deforestación y, consecuentemente, la progresiva reducción de los principales sumideros naturales del carbono atmosférico.

En consecuencia, desde 1750, las concentraciones globales en la atmósfera de los principales gases de efecto invernadero (GEI): dióxido de carbono (CO2), metano (CH4) y óxido nitroso (N2O), han aumentado notablemente, contribuyendo a provocar un “efecto invernadero ampliado”, causante del calentamiento global, origen del denominado cambio climático antropogénico.

Desde la comunidad científica se considera que un calentamiento global promedio en la superficie terrestre superior a los 2 °C provocará, muy probablemente, efectos irreversibles en los ecosistemas, y por ende en las sociedades humanas, incluyendo la economía y la salud. Así mismo, las proyecciones obtenidas por los científicos indican que es muy probable que se produzca un incremento de la temperatura media del planeta de por lo menos 0,2 °C por década, en un futuro cercano.

Se están realizando sustanciales esfuerzos nacionales e internacionales en la lucha contra el cambio climático a través de acciones de mitigación, reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) a la atmósfera y promoviendo su secuestro. Pese a ello, el objetivo último de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC), la estabilización de las concentraciones atmosféricas de GEI, está lejos de alcanzarse y existe un consenso científico muy amplio sobre los futuros escenarios de cambio climático. Por ello, las acciones de adaptación que se proyectan y cuyas primeras evidencias ya se observan, se consideran absolutamente necesarias y complementarias a las acciones de mitigación.

Mientras que las acciones de mitigación requieren una respuesta conjunta y coordinada a nivel internacional, se reconoce que las acciones e iniciativas de adaptación deben ser definidas e implementadas a nivel nacional o subregional, pues los impactos y las vulnerabilidades son específicos de cada lugar. No obstante, la adaptación al cambio climático constituye una actividad estrechamente conectada con las políticas de mitigación, debido a que el grado de cambio proyectado en las distintas variables climáticas está en función de los niveles de concentración de GEI que se alcancen en la atmósfera, niveles que a su vez están determinados por las políticas que inciden en las emisiones, las políticas de mitigación.

La adaptación al cambio climático, por su propia naturaleza, requiere una estrategia a medio o largo plazo de forma sostenida, según cada sector o sistema. Esto hace que, en numerosas ocasiones, se infravalore su importancia y necesidad frente a otros temas considerados más urgentes, y que detraen los recursos siempre limitados. Por tanto, es muy importante enfocar las políticas y medidas de adaptación con un horizonte temporal adecuado y considerarlas como un proceso iterativo y continuo.